La vuelta al mundo, la vuelta de un mundo
Teatrantes cumplió 20 años, que pueden no ser nada en una vida, pero en nuestra escena significan poco menos que un triunfo olímpico: ningún plantel teatral marplatense, que se conozca, duró tanto, mucho menos dedicado al público infantil, cuando existe una competencia pronunciada y muchos grupos tan fugaces como una puesta nocturna.
En estas dos décadas, cada obra que montó el grupo con criterio colectivo –quizás la clave secreta de su prolongación en el tiempo, además de la relación indeformable entre sus integrantes—permaneció en cartel varios años, prueba de una sintonía fina, una complicidad y un código contractual profundo actores-gente, una gente especial que no tiene la indulgencia del receptor común. Los chicos, en fin, que si se aburren o se duermen pulverizan la más cuidada estructura y, tan inocentes, pueden atomizar así, y lo han hecho, las mejores intenciones de perdurabilidad de una compañía modesta. Los chicos no saben de juicio estético, no buscan conmoverse, no van a ver a determinado actor: se ríen y/o aprenden, y si no sucede eso sus padres no vuelven a responder a una propuesta de teatro, habida cuenta además del infinito de las tentaciones audiovisuales.
Pues bien: Marco Polo y las dos princesas chinas, inaugurada en el 2007, va por su segundo año: Teatrantes renovó el famoso contrato, otra vez en El Séptimo Fuego, y ningún indicio hay de que arríe el telón. Al contrario, como el personaje del título, conquista nuevos territorios, descubre la tierra prometida de una población, vernácula y turista, apasionadamente fiel. Claro, en doce meses adicionó a sus méritos la pátina de los premios: primera mención en el Festival Provincial de Teatro para Niños ex aequo a las dos actrices (Mónica Arrech, Cecilia Martín) y otra a la mejor dramaturgia, por supuesto grupal; el Estrella de Mar 2007 al mejor espectáculo infantil, mejor actriz marplatense (Cecilia) y dirección. La vitrina amenaza seguir llenándose, y Teatrantes, cumplir otros veinte años de continuidad y celebraciones.
Marco Polo es teatro puro, sin apelar a moralejas y sí a enseñanzas, como vestir a las criaturas de época y elegir las aventuras del precursor del Descubrimiento, sin limitarse al despliegue gestual. La coreografía de Cristina Ribas y los muñecos y títeres de Bruno Klus, Miyu y Héctor Martiarena –este último un gigante renovador de nuestro teatro--, las canciones pegadizas, el actor que se mira a sí mismo y las variantes escenográficas enriquecen tanto el álbum imaginario que no habrá pibe que no se sienta a sus anchas. A la historia de suyo atractiva el conjunto sabe equilibrar los objetos y situaciones, las mutaciones de escenario interno, proliferan delante de nosotros los métodos de seducción y la información, y logra el milagro imposible, esos cuatro adultos jugando a ser niños sin dejar de ser ellos, reyes y princesas del trabajo en equipo que todo el tiempo están aprendiendo, y volcando sobre la pista, el circuito de sensaciones multimedia fascinador de cualquier edad.
Provocativo, cambiante, caricia de la vista y el oído, a Marco Polo le bastó este año para convertirse en un pequeño clásico. Otra fiesta de belleza en el curriculum de un cuarteto de actores –no olvidar al co-fundador Leo Rizzi, al impresionante Guillermo Yanícola, jugador de todo el campo—que cumple una regla de oro del buen teatro. Sorprender siempre, alegrar los corazones, transmitir conocimientos. Con razón cumplieron tantos años. Que para ellos, no son nada.
Gabriel Cabrejas
miércoles 16 de enero de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada